domingo, 15 de enero de 2017

ME DESPEINA EL DESTIEMPO

El viento agita las hojas de los árboles, un sonido envolvente me embarca en una pregunta frecuente y cotidiana que generalmente me hago cuando algo no sucede como lo esperaba : “¿Por qué llego a destiempo?” Me despeina el destiempo.


Algunas veces al intentar contestar esta pregunta la lista se hace numerosa y algo pesada, entran a jugar los olvidos, las culpas, los errores, las omisiones, las pocas ganas, los deseos reprimidos, las pasiones encendidas, el cansancio, los miedos… y podría seguir enumerando. “A piacere” personal cada uno sabe dónde le aprieta el zapato, pero nos hacemos trampa al solitario y seguimos por no querer enfrentarnos a esa imagen que refleja el espejo y que quizás no sea la que deseamos que nos devuelva.

Los destiempos huelen a tormenta, a mar embravecido, saben amargos y agrios, lucen oscuros y opacos, ensordecedores y ásperos, llegan para cuestionar nuestros pasos, nos pisan los talones para que nos demos vuelta y miremos con detenimiento lo andado.

Suelen llegar acompañados con un dolor punzante en el pecho porque la angustia se aloja rápidamente cuando ellos aparecen, las lágrimas también lubrican su pasaje transitorio y poco trascendente, aunque un pararse con firmeza, decisión y valentía suele ser la forma de alejarlos para encaminarnos hacia el rumbo deseado.

A medida que camino se dibuja un tiempo preciso para cada situación, sin embargo el sabor de lo injusto se presenta cuando da paso el destiempo y lo que se espera no sucede. Es en este preciso instante en que no podemos dar la espalda a lo que nos desborda supera o decepciona, es necesario sacar fuerzas desde lo más profundo para superar lo que no es y pudo ser. Debo admitir que en más de una oportunidad me ha pasado por la cabeza sentirme totalmente identificada Mafalda y repetir con ansias: “Paren el mundo que me quiero bajar” en una suerte de escape, de alejarme a un lugar donde lo que me preocupa y ocupa desaparezca y se desvanezca.

Los destiempos que más me inquietan son aquellas palabras no dichas en el momento adecuado, aunque desde hace muchos años intento ser frontal y hablar cuando es preciso porque he comprobado que el tiempo no se detiene y una palabra puede cambiar directamente el rumbo del camino, aún así siento que pueden ser los más peligrosos. ¿Por qué no decimos lo que tenemos que decir en el justo momento? Las respuestas pueden ser infinitas… pero me arriesgaría a creer que los miedos, las inseguridades, son grandes aliados a la hora de callar. Ante situaciones complejas algunas veces optamos por mantener silencio pues sentimos que hablar sólo podría complicar aún más la situación. Las palabras suelen ser como las balas, una vez que se disparan no tienen marcha atrás.

Los destiempos se asemejan con las huellas en el mar de Miguel Hernández “al volver la vista atrás” muestran “la senda que nunca se ha de volver a pisar”, pero con la esperanza y anhelo de descubrir ¿por qué hemos cambiado el rumbo, con qué fin, hacia dónde nos dirigimos, es este el camino que deseamos continuar?

Al hablar de destiempos necesariamente debemos recurrir a nuestro reloj biológico que tantas veces no funciona como debiera por múltiples causas, a nuestras emociones más profundas, a nuestros deseos más secretos, a nuestros temores y sombras, es decir a navegar en ese yo profundo a veces olvidado o dejado de lado.

Algunos días sentimos que es tiempo de destiempos, de desencuentros, de desilusiones, de obstáculos, sin embargo cuánto más claro logremos tener su causa posiblemente aparezcan con menos frecuencia a visitarnos y nos podamos peinar con encuentros.

Andrea Calvete