sábado, 7 de enero de 2017

CONJURO DEL PORTAL DEL SOL

Quedaba poco de ese fresco vaso de agua, y su sed era intensa. A través del cristal las gotas se deslizaban suavemente mientras su mano disfrutaba de la frescura que inocentemente transmitían. Se sentía seco como una hoja a punto de resquebrajarse cuando el sol la marchita. El tiempo imponderable continuaba su camino, él lo miraba mientras sus pupilas dilatabas brillaban a la espera de un instante milagroso.

Pensaba : “ No queda ni un vestigio de lo que era, he cambiado tanto que ya no me reconozco”. Así con la vista perdida en cielo cubierto de blancas nubes empezó a saltar de recuerdo en recuerdo, hasta llegar a aquel día inolvidable en que la conoció, en el que descubrió la mirada más hermosa y penetrante que había visto en los ojos de una mujer. Sin quererlo se perdieron en el conjuro que hacía muchos años pasaba de boca en boca que decía: “ Quien cruce el portal del sol a las 12 horas y encuentre su alma gemela no hallará en su vida amor que se le parezca”. Este fue el comienzo de una intensa pero fugaz historia de amor, que se evaneció en pocos años, pero a pesar de corta vida aún permanecía viva en cada instante, en cada aroma, en cada caricia, en cada beso,  en cada madrugada, en cada noche de insomnio, en cada poro de la piel de aquel hombre maduro, cansado de buscarla luego de haberla perdido por su propio descuido. Se preguntaba: “¿Habrá sido feliz, cómo se verá ahora con el paso del tiempo?”, el mismo se contestaba: “Seguro que sí lo ha sido, no sabe no ser feliz, los años le deben ir de maravillas no creo que haya cambiado mucho, y si lo hizo debe haber sido para mejorar”, terminó diciendo cuando bebía el último sorbo de agua.

De pronto, el cielo se puso muy gris, parecía inminente la tormenta que se acercaba, los relámpagos iluminaban el horizonte y se perdían en el mar que comenzaba a crisparse de espesas olas. Sin saber por qué se levantó rápidamente y se dirigió rumbo a su casa inmersa casi en la playa. El teléfono no paraba de sonar, cuando alcanzó a contestar una voz suave y envolvente lo dejó paralizado, era ella que luego de más de veinte años se volvía a comunicar con él. Con los ojos llenos de lágrimas y enmudecido la escuchó, el reloj marcaba las doce, habían pasado por el mismo portal, el conjuro con renovado ímpetu se hacía nuevamente presente.

Andrea Calvete