jueves, 25 de febrero de 2016

EL ALMA DE UNA CASA

Los postigos levantados eran señal de que alguien ya estaba en pie en aquella casa. La ciudad comenzaba a despertarse lentamente, con un bostezo grande lleno de pereza, propio de cada comienzo en el que todo engrana lentamente.

¿Por qué será que las primeras horas de la mañana pasan volando? Estamos algo dormidos o poco espabilados, lo cierto es que todo lleva más tiempo y se hace más lento.

Por las calles el tránsito aumentaba lentamente, y el olor a café invadía las veredas, así como la presencia de algún vecino que ya pasaba con su termo y mate debajo del brazo.

Aquella pequeña casa en la que todo parecía relucir, desde las ventanas prolijamente pintadas de blanco, los canteros del jardín lleno de flores coloridas, como la puerta con terminación ovalada invitaba a los transeúntes a entrar. Por encima de la puerta, una pequeña Santa Rita tupida de flores rojas era el marco que coloreaba la entrada.

En este hogar vivía, hacía más de veinte años, una pareja mayor ya jubilados, era la cara solidaria del barrio. Quienes necesitaban una taza de aceite, un poco de yerba, arroz, harina, perejil o albahaca recurrían a ellos, que además de recibirlos alegremente, ofrecían un mate, café o té según fuera la ocasión.

El jardín pequeño era una fiesta de aromas y colores. Romero, albahaca, lavanda, perejil, menta, cedrón y cilantro en un juego de seducción fundían sus perfumes para agradar a quien entrara a la casa. Un pequeño jazmín desbordado de flores y un limonero cargado de frutos formaban parte de los exquisitos aromas.

Dicen que toda casa guarda su encanto, esconde historias, recuerdos, alegrías y tristezas, amores y desengaños, es testigo de años y familias. Así cada hogar encierra una energía especial y única.

Esta casa invitaba a acercarse a quien pasaba por allí, Mirta y Nito eran su alma, los dadores de vida a este lugar lleno de encanto, cargado de una magia especial.

A menudo quienes los visitaban, sin saberlo, al salir de allí se sentían bendecidos.

Andrea Calvete



viernes, 19 de febrero de 2016

MOMENTO DE RELAX

La brisa rozó su cara, un leve sonido acaricio sus oídos, los colores del atardecer le abrazaron suavemente. Notas húmedas cargadas de aire de mar llegaron hasta José para abrir todos sus sentidos y sentarse a disfrutar.

Luego de un día de trabajo, estrés y cansancio, el simple hecho de poder reposar y observar un atardecer, puede convertirse en un acto de magia, en un momento único e impredecible.

Había sido una jornada larga, intensa, estaba agotado, lleno de preocupaciones. Sin embargo, los colores del cielo pudieron más que sus desvelos, lo trasladaron a atardeceres llenos de risas y alegría.

Si bien estaba a unas cuadras de la playa, el aire perfumado por el mar, cargado de sal y humedad, fue un ingrediente especial para distender su cuerpo y abrir su alma.

Los ocres, rosas y naranjas se unieron a pálidos celestes pastel, así la fiesta de colores se abrió para deleitar sus pupilas. Las nubes blancas y pequeñas se tiñeron de suaves tonalidades, a la vez que danzaron a ritmo lento y sugestivo.

A medida que fue cayendo la tarde hicieron su aparición los grillos y luciérnagas que iluminaron como lucecitas intermitentes los rinconcitos más oscuros.

Las fragancias de las flores impregnaron el aire de frescura y paz, así José en compañía de su mate logró desconectarse de todo lo que le preocupaba, para estar allí consigo mismo, disfrutando de su yo más profundo.

Algunas veces parece inalcanzable tener unos minutos de relax, sin embargo, es cuestión de distenderse y hallar el momento y el lugar, en el que la desconexión con los problemas sea inminente, para que la mente logre trascender lo superfluo y conectarse con lo profundo e interno.

Así el atardecer encontró a José lleno de paz y armonía, bajo un cielo cargado de estrellas que empezaban a apoderarse de toda su superficie para dar cabida a la noche que estaba por llegar.

Andrea Calvete

miércoles, 17 de febrero de 2016

LA BAHÍA MÁS BELLA DEL MUNDO

El cielo encapotado, cargado de espesas nubes era el marco perfecto para un mar turquesa oscuro en el que olas inmensas rompían en los acantilados. Ragnar con su mirada clara y profunda podía volar más allá de lo visible.

¿Cuántas veces es posible volar más allá de lo visible? Quizás, basta con dejar la mente andar para que se dispare un mundo de posibilidades.

Con sus ojos clavados en el horizonte el rey de los Vikingos, Ragnar, observaba el mar embravecido e intentaba escuchar a Odín, dios de los guerreros y de la sabiduría, líder de las almas.

Odín sabía que una fuerte tormenta o un mar lleno de furia lograrían llegar a Ragnar para transmitir su designio, sólo era cuestión de paciencia.

Su largo pelo rubio trenzado y su piel curtida por el frío hacían resaltar los claros ojos verdes de Ragnar, quien esperaba ansioso el mensaje de Odín. Mientras las horas pasaban algunos rituales se llevaban a cabo en el pueblo.

Los rituales son parte de lo que diariamente hacemos, de esas costumbres que conforman nuestro vivir. Algunas veces lo transmitimos a nuestros seres más queridos sin darnos cuentas. De allí que generación tras generación se repiten “ciertas costumbres” que son parte de un grupo o familia.

Si bien los vinkingos eran politeístas, Odín era uno de sus principales referentes a la hora de conquistar territorios, o simplemente no perder el suyo. Allá por el siglo IX la lucha por reinados y territorios era pan de todos los días.

De pronto, un rayo que cayó en las cercanías. Era hora de partir, de arraigarse en nuevas tierras, su pueblo padecería hambre, miseria y vería correr la sangre si desobedecía las profecías que esta luz misteriosa había hecho llegar a Ragnar.

Los dioses solían comunicarse con sus habitantes a través de manifestaciones climatológicas. Así las tormentas, los vientos, las lluvias, o las sequías traían un mensaje, como hoy en día cuando con nuestro accionar provocamos a la madre naturaleza y la destruimos a través de la contaminación.

Rápidamente, Ragnar reunió a su gente y les explicó que debían partir cuanto antes. El dolor se clavó en su corazón como una daga pues sabía que en esas tierras quedarían los más ancianos que ya no estaban en edad de trasladarse. Entonces pensó: “Debo encontrar un lugar para que puedan marchar con tranquilidad a Valhalla”.

Es maravilloso pensar que doce siglos atrás, ya los pobladores más añejos gozaban de un gran prestigio e importancia, pues eran transmisores de sabiduría y conocimientos vitales para los más jóvenes en cualquiera de sus emprendimientos.

A lo largo de la historia de la Humanidad según las diferentes religiones o creencias, las personas han buscado un lugar para que descansen sus almas, según la mitología nórdica ese sitio era Valhalla, un enorme y majestuoso salón situado en la ciudad de Asgard gobernada por Odín.

Ragnar, no podía perder tiempo, Odín había sido claro. Entonces, cabalgó hasta la cima de una montaña y allí vio una gran cueva entre las rocas donde podrían alojarse los ancianos, había altas probabilidades de que sobrevivir al mal tiempo, como de proveerse de alimentos, pues a pocos metros un valle frondoso podría servir de sustento a sus necesidades.

Antes de partir, Ragnar Lodbrok invocó a Odín y le pidió protección para los ancianos voz de la sabiduría que debían quedarse en la montaña, así como para el pueblo que zarparía a tierras lejanas en busca de prosperidad.

Simbólicamente, Odín los acompañó durante toda la travesía a través de un águila que fue quien guió el recorrido. Siete días más tarde llegaron a tierra firme y se establecieron.

Cientos de barcos vikingos encallaron en la bahía donde la belleza y tranquilidad del lugar parecía como si hubiesen llegado a Vanhalla. Allí se asentaron por un tiempo, era hora de cultivar y establecerse, de quedar lejos de reinados que buscaran conquistarlos.

Estas tierras fueron el comienzo de un largo camino para un pueblo que entrelazó sus brazos fraternos para hallar la libertad necesaria en la que reinara la paz y la tolerancia para construir así la bahía más bella del mundo.

Andrea Calvete



martes, 9 de febrero de 2016

DARK HEGES UN CAMINO HECHO LEYENDA

Un camino entrelazado por frondosas hayas es testigo de historias y leyendas, de almas que deambulan en busca de una respuesta, de personas que se dejan maravillar por su encanto escondido, y por la hermosura y misterio que emanan.

Dark Heges uno de los lugares más recorrido de Irlanda del Norte, creado por la familia de los Stuart en siglo XVIII, esconde una vieja leyenda, así como el misterio que supo encontrar Edgar Allan Poe para inspirarse es sus escalofriantes relatos.

La haya es un árbol de hoja caduca que ha servido de alimento del cuerpo y del alma. Su encanto ha dejado a las hadas y gnomos entremezclarse entre su follaje, para ser partícipes de maravillosas historias. Sus bosques renuevan y estimulan la vida, sirven de terapia para el viajero que intenta perderse en la naturaleza.

Lady Grey, o la Mujer de Gris, es un personaje que suele aparecerse por este camino, sólo cuando la sombra de los árboles la esconde. Un espíritu que deambula en el limbo, a la espera de ser redimida, se camufla en el gris para pasar desapercibida, para mitigar su dolor y culpa.

Cuenta la leyenda que es el alma de una mujer que murió en las cercanías, pero existen versiones muy confusas y variadas. Lady Grey podría ser una mujer que vivió un amor prohibido pero apasionado, con un prestigioso hombre casado. Quizás aquel hombre dejó de existir en su cama mientras hacían el amor.

Posiblemente, Grey en estas circunstancias haya sido repudiada y señalada con el dedo de todos los inquisidores de la época y expulsada del lugar, para confinarse en una casa perdida, lejos de todo. ¿Acaso murió de tristeza, llena de dolor y amargura, por haber perdido a su único amor y haber sido estigmatizada por la culpa y la vergüenza que la marcaban?.

Lady Grey fue una mujer llena de vida, talentosa, ardiente, decidida a vivir por amor hasta las últimas consecuencias. Sin embargo, quiso el destino que ese amor no se manifestara de la mejor manera, como tampoco que lo pudiera vivir a la luz del día sin impedimentos que le atormentaran.

¿Cuántas Lady Grey conocemos, señaladas, acusadas como usurpadoras y malas personas?, ¿Pregunto acaso, no tiene la misma culpa el hombre que le corresponde, que decide mantener esa relación poco deseada, o mal vista?

Ella había sido la empleada doméstica de un hacendado del lugar. Visitaba su casa tres veces por semana, hacía todas las tareas del hogar, entre ellas leer novelas a Mr. Robinson que lentamente había perdido su vista. Entre novela y novela, se fueron conociendo, él descubrió a una mujer llena de sensibilidad y dulzura, de pasión y encanto.

Así comenzó la relación entre Lady Grey y Robinson, como un amor otoñal, de esos que parecen que ya no surgirán porque los años suelen secar los sentimientos y las pasiones. Sin embargo, la llama del amor se encendió tras los relatos que cobijaron sus más ardientes deseos.

Los oscuros ojos de Lady Grey centellaban a viva luz, mientras Robinson le hablaba, sus suspiros suaves y profundos daban cuenta de una mujer sensible llena de encanto y misterio, que sólo él pudo apreciar durante aquel romance tardío, fugaz y breve.

Cuentan algunos viajeros que la han visto, que la tristeza marca su mirada, sin embargo ven en ella un ser lleno de encanto y misterio que envuelve al camino de tonalidades lilas, suaves y perfumadas.

Las hayas de este camino se conectan entre sí, y cuentan al viajero numerosas historias, sólo es cuestión de acercarse hasta esta localidad de Armoy y recorrer este túnel arbolado que parece haberse quedado detenido en el tiempo para llegar hasta la casa gregoriana de los Stuart.

Andrea Calvete

lunes, 8 de febrero de 2016

ENIGMÁTICA ESTRELLA

El silencio de la noche y la clara luna le llevaron a ese rincón que no había querido transitar, a esa esquina llena asperezas, de aristas difíciles de pulir o moldear.

Un águila sobrevolaba la superficie y observaba atenta la fogata junto a la que se encontraba sentado Homero, un hombre al que la vida le había todo y, sin embargo, en poco tiempo parecía habérselo quitado de un plumazo. Actualmente sin trabajo, sin familia, estaba perdido, indefenso, por eso se había ido unos días a la montaña. 

En las alturas, sabía Homero que el espíritu se elevaba, que los problemas se veían con otra dimensión, pues la cercanía con el cielo y el silencio de la montaña eran propicios para encontrarse con uno mismo, así se lo repetía su padre noche tras noche en un pequeño cuento que le contaba antes de dormir. 

Su corazón estaba colmado de dolor, el enojo le había llevado a ser intolerante, impaciente y también insensato. Poco quedaba de aquel hombre que había sido un ejemplo para quien lo conocía. ¿Podía el fracaso, el dolor y la decepción, hundirlo tan hondo? 

El chisporrotear del fuego ausentó sus miedos, la calidez de las llamas permitió que abriera su corazón a la noche más estrellada que había podido observar en su vida. Sin darse se cuenta, se encontró absorto mirando a una estrella que brillaba diferente, centelleaba sin cesar. 

Con los ojos inmersos en esa enigmática estrella, sintió una sensación muy extraña y, poco después, una voz se presentó nítida y le dijo: “Homero estás perdido en tu dolor, eso te lleva a cerrarte cada vez más a las personas que te rodean y te quieren. Deja de lado lo ocurrido, y piensa en ayudar a quien te precisa, si te sientes útil volverás a ser el de siempre, no dejes que la amargura te coma el corazón”. 

Atónito, Homero bebió una taza de café y miró la fogata, no sabía de quien venía el mensaje, pero sí lo había entendido. Se sentía diferente, era como si luz hubiera entrado en su ser más oscuro. 

Algo cansado y confundido se durmió arropado en una manta de abrigo. A la mañana siguiente el primer rayo de sol se posó en su cara y lo despertó. Entonces se levantó, se lavó la cara en el río que quedaba a pocos metros, se preparó un café y marchó rumbo a su casa. Debía bajar la montaña, probablemente demoraría el día entero. 

A la tardecita llegó a su hogar, abrió las ventanas y con un aire renovado, hizo una lista de personas con las que se pondría en contacto, estaba seguro que alguno de ellos requería de su ayuda. 

Así sin darse cuenta, empezó a dar y dar, horas de trabajo de entrega y cariño a gente que tenía totalmente olvidada. De pronto, todo lo que dio volvió hacia él llenándole el corazón de alegría. Cuando quiso acordar, estaba trabajando nuevamente, y rodeado de amigos queridos que llenaban su alma. 

Salió al patio de su casa y miró al cielo, vio nuevamente a la misma estrella centelleando sobre su cabeza. Entonces dijo: “Gracias por tu consejo, me has devuelto a la vida, me has quitado la amargura que me cegaba”.

Andrea Calvete

martes, 2 de febrero de 2016

VESTIGIOS DE UNA LEYENDA

Los latidos agitados acompañaban su caminar con los pies sumergidos en el mar, absorto con la mirada perdida en el vacío. El gorro y los lentes tapaban aquellas noches de desvelo.

Difuso se veía el horizonte, la neblina matinal cubría gran parte de la vista. Las gaviotas rondaban alborotadas, varios peces en la orilla llamaban su atención. Las olas rompían suaves y dejaban una espesa espuma blanca en la arena.

El desvelo acumulado de Ismael hacía que sus ojeras se hicieran prominentes, del mismo modo una expresión de cansancio y agotamiento eran parte de su atuendo. Así se resguardaba en el mar y en el vino, dos aliados y confidentes que sabían como nadie lo que le sucedía.

De camino a casa, recordó que tenía una vieja botella de tinto por descorchar, entonces pensó: “Qué mejor momento para abrirla, aunque más no sea para ahogar mis penas”. Rápidamente se dirigió a la buhardilla donde creía haber guardado esa botella.

Al abrir la puerta se encontró con un desorden casi caótico, se preguntó: “¿Por dónde buscar?” Por más que sabía que allí estaba no lograba recordar dónde. Entonces abrió la primera caja con la que se tropezó y se encontró con mil y un recuerdos.

Se trasladó a sus años de juventud, de noviazgo con Lidia, sus compañeros de liceo y preparatorios. Por unos instantes, se sintió joven lleno de vitalidad y entusiasmo, con ganas de vivir. Sin embargo, en breves instantes la tristeza lo abrazó nuevamente como quien recibe una puñalada.

Tomó una foto junto a Lidia, estaban abrazados sentados en las rocas en la playa Carrasco. No recordaba exactamente la edad, tendrían diecisiete años, a lo sumo dieciocho. “¡Qué maravilla, cuántos recuerdos!”, pensó Ismael.

Sin embargo, la tristeza de este hombre no era precisamente por Lidia, sino su esposa Matilde que había muerto repentinamente de un ataque al corazón un par de meses atrás.

Entonces, se preguntó: “¿Qué habrá sido de la vida de Lidia, se habrá casado, estará viva, habrá sido feliz?”, preguntas existenciales, pero con poca alternativa de respuesta, había perdido todo contacto hacía muchos años atrás.

Como el vino no aparecía, decidió cruzar al negocio más cercano y comprarse una botella. Mientras descorchaba la botella recordó una vieja leyenda que contaba su abuela: “Cuando alguien te viene a la mente, los ángeles se encargan de encontrarlo, y si no los pájaros te dan una mano para que des con la persona que buscas”. La imagen de su abuela pareció un rayo de luz que iluminaba su copa llena.

Miró hacia la ventana y un pájaro se posó en ella, entonces sin saber por qué se paró a mirarlo, inmediatamente voló hasta un árbol cercano. A la sombra de ese árbol una mujer vestida de azul leía un libro muy tranquila.

Cegado por su intuición cerró la puerta de su casa y se dirigió hasta el árbol. Ya más cerca alcanzó a ver con nitidez la imagen de la mujer, no lo podía creer, era Lidia, se acercó a ella lentamente, no sabía cómo abordarla pues había perdido el habla.

Frente a ella, carraspeó y dijo: “Buenas tardes, disculpe que la moleste ¿Lidia?…”. La mujer se quitó los lentes lo miró asombrada y perpleja, entonces contestó: “Ismael, no lo puedo creer”. Se abrazaron muy fuerte y lloraron, pues ninguno de los dos salían de su asombro.

Andrea Calvete