domingo, 29 de julio de 2012

DOLCE FAR NIENTE

“El dulce no hacer nada” de origen italiano, los uruguayos lo hemos heredado como parte de nuestra idiosincrasia, como un hábito que nos identifica. Y no significa literalmente, no hacer nada, sino disfrutar y compartir placenteros momentos con amigos, deleitarse con una rica comida o de vivir gratas situaciones.

La película “Comer, rezar, amar” protagonizada por la estadounidense Julia Roberts y el español Javier Bardem, incita a redescubrir las oportunidades de la vida. En el recorrido uno de sus destinos, Italia, donde los propios italianos le enseñan a la protagonista el significado del “dolce far niente”, para disfrutar de las pausas.

En tal sentido, como muchos uruguayos somos descendientes de latinos hemos incorporado muy bien este dicho, y disfrutamos de una caminata por la rambla, de tomar mate bajo la sombra de los árboles, de una partida de truco, de un vino, del sol, de una rueda de una cerveza bien fría, de un café, de una rica comida…, pero siempre encontramos ese rato para hacer una pausa.

La película a las que les hacía referencia invita a un viaje de introspección, de búsqueda personal, en un trayecto por Italia, India y Bali. En el primer lugar, Julia Roberts descubre los más intensos sabores de la comida, aquí se distiende y como americana queda asombrada con ese “dolce far niente”, en India toma contacto con la fe y en Bali con el amor, en un lugar paradisíaco.

Aunque creamos que no es necesario tomarnos esa pausa para “ese dulce no hacer nada”, estamos equivocados, es parte del diario vivir, de ese poder compartir los hermosos momentos de la vida que se componen de un cúmulo de situaciones. De estas pausas recuperamos tantos momentos perdidos, olvidados, dejados de lado por ese intenso correr sin freno.

Este dicho nos permite hallarnos con nuestros rasgos latinos, con los verdaderos sabores de la vida identificados en este film que se inserta en el mundo de las comidas, del espíritu y el amor, pues el hombre es una conjunción cuerpo y alma indivisible.

Les recomiendo esta película en la que podrán pasar un momento agradable, y reflexionar sobre las cosas más simples sobre las cuales pasamos muchas veces por el costado y seguimos de largo.

Y quizás no significa literalmente “no hacer nada”, sino no hacer nada que lo que solemos hacer en esa rutina inmensa que significa un montón de horas sin podernos tomar un descanso. Probablemente, el hacer una pausa que no estamos acostumbrados a hacer, el detenernos a disfrutar de las pequeñas cosas de la vida, de tal modo que formen parte de ese “dolce far niente”, de ese mirar un cielo despejado, el horizonte, el atardecer, una noche de estrellas, o escuchar tranquilos algo de música, o detenernos frente a una estufa de leña a sentir crujir las leñas, y quedar absortos mirando el fuego sin pensar en nada.

Precisamente, esa pausa con la holgazanería como sería la traducción literal no implica tirarnos al abandono para que la vida se nos caiga a pedazos, sino buscar esos momentos que son imprescindibles para el encuentro con uno mismo, con nuestras ideas, con nuestros pensamientos más íntimos, los cuales quedan sepultados por diferentes motivos, pero el peor de todos por no querer asumir lo que realmente nos sucede.

Los griegos en la antigüedad interpretaban el ocio como “un impulso dominado por la meditación y la reflexión”.

Y en nuestros días, en la vorágine del siglo XXI es necesario tiempo para relajarnos, descansar, pensar, reflexionar, de modo de ver lo que nos circunda con perspectiva, con calma y poder entonces discernir ¿en dónde estamos y hacia dónde vamos?, y aunque parecen preguntas muy sencillas de responder, encierran una gran complejidad.

Aunque existe un refrán que dice que “el ocio es el padre de todos los vicios”, por supuesto entendido desde el no hacer absolutamente nada en ningún momento de nuestra vida es verídico, pero si somos personas trabajadoras, cumplidoras de nuestros deberes y obligaciones, también es importante un merecido descanso o pausa. Y en tal sentido Li Tai Pei señala que si pierde su tiempo es para que florezca, porque desde el relax, la pausa, surgen ideas nuevas, cuerpos y mentes cargados de dinamismo y energía para emprender nuevas situaciones o retomar las que estábamos haciendo pero con muchas ganas.

Y el ocio es una necesidad humana, esa instancia que precisamos para descansar de nuestras tareas habituales, de nuestra rutina. Y es que la rutina es sistemática, agobiante, termina por cansarnos y aburrirnos. Aunque muchas veces cabe preguntarnos ¿por qué tanta gente vive aburrida, sin ánimo, sin energía?

La diversión es uno de los objetivos del ocio, pero no significa sólo entretenimiento, sino dar la posibilidad a nuestro cuerpo y mente de descubrir materias primas para ocuparse y crecer.

Y la imposibilidad de tiempo de ocio significativa conlleva a desarrollar la ansiedad, a través de la cual tienen cabida la aparición de numerosas patologías. En estas últimas décadas como consecuencia de ella, mucha gente sufre de depresión, ataques de pánico, déficit en la atención, hiperactividad, compulsión al trabajo, o patologías en la alimentación.

Pero lo que hagamos de nuestro tiempo depende exclusivamente de cada uno de nosotros. Si bien tenemos múltiples actividades que desempeñar y cumplir, el modo con que las encaremos hará las tareas más simples, dinámicas y llevaderas. De este modo, al encararlas con entusiasmo y alegría alcanzaremos más rápido el tiempo de ocio.

Ahora bien, si cuando llega el tiempo tan deseado, esperado, no encontramos qué hacer, cómo disfrutarlo, o aprovecharlo, entonces aquí comienza un gran problema, y seguramente surgirán preguntas como: ¿qué buscamos?, ¿qué anhelamos?, ¿qué nos hace feliz?, o ¿por qué nos soy capaz de disfrutar al máximo de cada momento?

Y uno de los mayores impedimentos al ocio saludable es la escasez de tiempo ocioso. La vida actual nos lleva a que trabajemos más horas para tener una “mejor calidad de vida”. De este modo el tiempo de ocio lo utilizamos prestando nuestra atención a los medios de comunicación y a la industria del entretenimiento, que si bien en ambos casos logran distraernos, no terminamos por satisfacer nuestras necesidades reales, de esparcimiento, de hacer algo diferente que nos haga sentir bien con nosotros mismos, satisfechos o completos.

Faltos de tiempo, nuestra salud se puede ver seriamente comprometida, uno de los bienes más preciados, a la que le damos su verdadero valor sólo cuando la perdemos.

Finalmente, más allá de estas respuestas sumamente personales, es importante rescatar ese tiempo de descanso, y para eso es primordial no olvidar la frase de Bertrand Russell, que expresa que “el sabio uso del ocio es un producto de la civilización y de la educación”.


domingo, 22 de julio de 2012

TOLERANCIA EN TIEMPOS DE INTOLERANCIA

Vivimos en un mundo donde la tolerancia tiende a cero. Día a día es un término que parece perder su valor, tras insultos, atropellos y malos tratos que se instalan para sobresalir, y que sobreviva el que grite más fuerte.

Un planeta donde la violencia se expande en todos los órdenes, dejando menos cabida a la tolerancia que pretende no perder su lugar con mucho sacrificio.

Y tolerar significa respeto hacia las ideas, creencias y prácticas de los demás aunque sean diferentes o contrarias, nunca más cierta las palabras de Helen Keller que sostiene que “el resultado más elevado de la educación es la tolerancia”. Y si nos detenemos a analizar esta frase cabe preguntarnos ¿qué ocurre entonces con la educación?

Debemos apostar a una cultura tolerante, basada en leyes, principios, normas que permitan una convivencia armónica, siempre sobre la base de la educación, para generar un cambio progresivo y paulatino que nos permita alcanzar este valor tan necesario en la Humanidad.

Tolerancia proviene del latín tolerare y significa soportar, sostener, tiene que ver con la capacidad de aceptación sobre todo con aquello que no compartimos.

Y a través de la convivencia pacífica se llega a la tolerancia, pero para eso debe existir o estar presente la libertad de expresión, es decir las alas para que todo individuo pueda ser él mismo.

Sin embargo, no debemos olvidar que con el ejemplo se predica, y lamentablemente cada vez son menos los ejemplos de tolerancia en el mundo, generalmente prevalece la fuerza, el poder, ante todo, y son tolerantes los más desposeídos los que se encuentran en peores condiciones, pues ya están “acostumbrados o resignados a que así debe ser”.

No debemos olvidar que somos seres imperfectos, factibles de errores, llenos de flaquezas, de allí el primer paso para comprender que debemos ser tolerantes, y aprender a perdonarnos. La intolerancia genera violencia, agresividad, descontento, una atmósfera viciada en la que el oxígeno escasea y se hace muy pesado respirar.

Y la tolerancia va de la mano de la paciencia, son dos vocablos que parecen ser primos hermanos, porque para ser tolerante se debe ser paciente, de modo de poder comprender a la persona que tenemos al lado aunque su proceder no entre en nuestra cabeza.

Pero la paciencia solemos perderla fácilmente, parece que un termostato rápido y caliente saltara ante la menor contrariedad, entonces allí queda perdida en un rincón, hasta que alguien decide rescatarla, para mejorar el humor y el día.

Por tal motivo, “la paciencia en un momento de enojo evitará cien días de dolor”, porque si callamos cuando hierve nuestra sangre, si escuchamos cuando estallan nuestros oídos, si respiramos cuando parece que el aire no llega a nuestros pulmones, entonces hemos logrado hacer pasar a la paciencia, para que tome asiento a nuestro lado y nos acompañe antes de cometer un acto que pagaremos con creces.

Asimismo, la ansiedad en la que vivimos atrapados, producto del consumismo atroz que nos acecha, conlleva a que seamos personas impacientes, insatisfechas, inseguras, y de este modo a mal puerto vamos por agua. En un ambiente hostil, donde no hay lugar para la calma, el relax, la reflexión, tampoco habrá lugar para la tolerancia.

Existe un proverbio que dice que “la paciencia es un árbol de raíz amarga pero de frutos muy dulces”, y esa raíz es amarga porque hay que saber escuchar, observar, callar, comprender, hasta poder ponernos en el lugar del otro, de ese modo surgirán los frutos dulces, la recompensa, y tendrá lugar la tolerancia.

Y la tolerancia se imparte en el trato entre los componentes de la familia, los amigos, los compañeros del trabajo, los vecinos…, los empleados de los negocios, porque desde el respeto con el que tratemos a los demás también seremos tratados. Al ser respetuosos con las personas que nos rodean, damos paso a esta virtud tan escasa casi en vías de extinción, llamada tolerancia.

Tantas veces se nos hace muy difícil ponernos en el lugar del otro, ver que las perspectivas cambian, los significados, los ángulos, las miradas… y es que todo depende del cristal de donde se mira, y todos somos diferentes, y aunque ante la ley somos iguales como seres humanos, desde lo individual nos diferenciamos y de allí el respeto por todas las ideas, pensamientos, filosofías, religiones y opciones de vida. ¿Qué nos da el poder de juzgar o no tolerar determinadas cosas, somos más que los demás? Somos seres con derechos y obligaciones, y dentro de ellas debemos respetar a nuestros semejantes, para del mismo modo ser respetados.

Para lograr convivir en armonía, la tolerancia es primordial, para que proliferen todos los colores, todas las ideas, todos los pensamientos, pero siempre respetando a quienes no coinciden con nosotros, porque cuando disentimos con educación, intercambiando opiniones con altura, con argumentos coherentes, podemos desde esta instancia dar comienzo a nuevas oportunidades de diálogo y de entendimiento.

José Saramago llegó a la conclusión que es mejor no convencer a nadie, ya que “el trabajo de convencer”, para él, “es una falta de respeto, es un intento de colonización del otro”. Y quizás he aquí una de las claves por las cuales no somos tolerantes, porque en nuestro afán por defender nuestros ideales, ideas, sueños, anhelos, intentamos convencer a todos los que nos rodean, olvidando que ellos también tienen los suyos, que son tan válidos como los nuestros.

Y tolerar no significa ser indiferente, sumiso o indulgente, significa abrirse a otras ideas, al diálogo, al intercambio de conceptos, pero siempre defendiendo con argumentos lo que creemos y pensamos. Según Kofi Annan “la tolerancia es la virtud que hace la paz posible”.

Para los budistas la tolerancia es el primer paso para lograr la ecuanimidad, y tolerar es el punto de partida para comenzar a dominarse y controlarse a uno mismo.

Otro problema por el cual la tolerancia tiende a cero es que no sabemos escuchar. Escuchar es un arte, pues no todas las personas se brindan con sus cinco sentidos ante una conversación. Requiere de un proceso de concentración en el que absorber, procesar y pensar, serán tres verbos relevantes.

Pero como vivimos cargados de preocupaciones, no logramos concentrarnos plenamente en el diálogo. Por eso es necesario, focalizarnos en la conversación, con tolerancia y paciencia para poder abrirnos a la comunicación fluida. He aquí una de las grandes fallas a la hora de transmitir algo.

Escucha quien puede, quien quiere, quien lo cree necesario, quien está dispuesto a compartir algo de su tiempo, quien aún le importa este mundo, quien siente que su corazón aún late y quien desea ser útil.

Quizás los años son los mejores aliados a la hora de entender que la paciencia junto con la tolerancia son síntomas de madurez y de crecimiento personal. Algunos nos cuesta más llegar a esta conclusión y a otros menos, todo es cuestión de las cartas que nos hayan tocado en suerte, pero a la larga todos tropezaremos con alguna piedra que nos hará ver que la impaciencia y la intolerancia no conducen a buen camino.

Finalmente, si respetamos lo que las demás personas piensan y sienten, significa que hemos aprendido a escuchar, a comprender, a aceptar la existencia de la diversidad, en definitiva implica reconocer nuestros errores y admitir que no somos perfectos. De este modo, daremos el primer paso para cultivar la tolerancia. Y el concepto de Sartre es muy importante a la hora de ser tolerantes, cuando dice “Nadie es como otro. Ni mejor, ni peor, es otro”.

Y al ser intolerantes damos paso a la represión, destrucción, profanación, prejuicio, expulsión, exclusión, estereotipos, intimidación, hostigamiento, discriminación, ostracismo y segregación, es decir, contribuimos con la destrucción del ser humano, por lo tanto debemos decir si a la tolerancia.

lunes, 16 de julio de 2012

"NOSOTROS Y LOS MIEDOS"


Por Andrea Calvete

Todas las personas, experimentan ansiedades y miedos de vez en cuando, aunque muchos los padecen y permanecen inmovilizados ante determinadas situaciones, rehenes del miedo, sin libertad de acción.

La ansiedad es “una aprehensión sin una causa aparente”, donde el  corazón late con velocidad, el cuerpo transpira  y el estómago pulsa. Sin embargo, un poco de ansiedad puede ayudar a las personas a mantenerse alertas y concentradas.

Erich Fromm  en su libro “El miedo a la libertad” trata el tema de la libertad para el hombre moderno, incluyendo los factores que principalmente impiden su desarrollo.  Fromn sostiene que aun cuando la libertad le ha proporcionado al hombre independencia y racionalidad, lo ha aislado y tornado ansioso e impotente.

Asimismo, como contrapartida, lo que le ha generado la libertad al hombre moderno le ha ocasionado mecanismos de evasión, que surgen de la misma inseguridad del individuo aislado.

El miedo es un modo de vivir el peligro que afronta el ser humano, y tiene una vertiente física y otra psicológica.La vertiente física: el cuerpo se prepara para una acción defensiva eficaz y rápida. Así varía el tono muscular, aumenta el ritmo cardíaco y respiratorio,  el PH ácido del estómago. El miedo genera la situación opuesta al relax, en el que las funciones del organismo se desarrollan en su mínima expresión.La vertiente psicológica: es el cerebro quien decide cuando determinada percepción o idea es realmente peligrosa. Aquí repercutirán las experiencias vividas.

Hoy en día, los medios de comunicación ejercen una gran influencia en los individuos, disminuyendo la capacidad crítica, pues se dirigen a la emoción, no hacia la razón. El hombre se siente aislado y solo en el ámbito social, por tal motivo aparecen los mecanismos de evasión.

Algunas  personas arrastran carencias en su formación social,  lo que incide en el trato público, generando timidez, miedo, falta de confianza, en este caso la falta de ciertas habilidades pronto se pueden adquirir consultando a un profesional especializado en la salud mental.

¿Cómo se generan los miedos?  Algunos de ellos se relacionan con lo que se nos inculca de pequeños, dónde la información recibida marca una huella importante. Otras veces las experiencias personales vividas, nos condicionan y ante una situación similar surge el miedo.

También aparecen casos de miedos irracionales, es decir se presentan los efectos del miedo sin que exista un peligro real, estas situaciones fóbicas también tienen un tratamiento psicológico. Cabría aclarar que la fobia es un trastorno de salud emocional que se caracteriza por un miedo intenso y desproporcionado ante objetos o situaciones concretas.

En la época de la sociedad contemporánea, la individualidad, sentimientos, pensamientos, conciencia moral, libertad y responsabilidad individual; son difíciles de sostener como ideales humanos, entonces el individuo es invadido por la soledad y el aislamiento,  en tanto la libertad se convierte en un sentimiento lejano.

Entonces, los miedos surgen de la mano de la desestabilidad que rodea a nuestro mundo actual, donde ocurren cosas que no tienen ni pie ni cabeza,  donde nada es sencillo, donde la competitividad es cada vez mayor, donde el tiempo corre en forma vertiginosa, y no nos permite detenernos a respirar hondo.

Aldous Huxley expresa que “el amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”.

Y el miedo no conduce a nada bueno,  no nos permite ver las situaciones con nitidez, distorsiona las imágenes. Ya se me dirán que es inevitable sentirlo, lo sé, pero también depende  de la voluntad de cada uno el hecho de superarlo, hacerle frente, y si no se puede vencer por uno mismo pedir ayuda profesional.

Existe un proverbio inglés que dice “nunca tengas miedo del día que no has visto”, porque mientras imaginamos o suponemos corremos un alto riesgo a equivocarnos.

Y por el camino del miedo, se pierde la esperanza, la razón, el equilibrio, se pierde la paz necesaria para proceder con cordura, con tranquilidad. Es un mal conductor que nos guiará al desánimo, al pesimismo, a un lugar oscuro e incómodo.

Aunque cabe reconocer, que el temor es algo natural y positivo, pues nos protege a los animales y al ser humano de amenazas, como mecanismo de defensa. Mas cuando se convierte en un sentimiento que nos inmoviliza o estanca entonces ya pasa a ser un problema serio, y no importa si tenemos motivos o son infundados.

Existen dos formas de enfrentar el miedo: una no aceptarlo y descartarlo sin demasiados miramientos, cosa que no es sencilla porque para eso hay que vencerlo; o la segunda opción aceptarlo, que implica reconocer cierta vulnerabilidad, y enfrentarlo de la mejor manera, convivir con él de modo que podamos llevar a cabo nuestro diario vivir sin problemas. Por eso,  sentémonos con nosotros mismos, desnudemos nuestros miedos, analicemos su origen, así será más fácil vislumbrar soluciones.

Según Paulo Coelho “el miedo generalmente se manifiesta de dos maneras: a través de la agresividad o a través de la sumisión”

Vivimos en un mundo donde algunas personas se solapan  en sus miedos, sus miserias, hacen cosas horripilantes, sin importar las consecuencias de sus atroces actos. En tanto, las situaciones cotidianas son de tal complejidad, que los más pequeños movimientos resultan desafíos inmensos, implican hacer frente a miedos de todo tipo en forma constante, pero éste es el tiempo que nos ha tocado vivir.

Igualmente, los optimistas, cargados de energía y valentía, se hallarán más fortalecidos a la hora de enfrentar los miedos, pues su entusiasmo y vitalidad serán poderosos instrumentos para que nada ni nadie los detenga.

Finalmente, debemos enfrentar nuestros miedos, dudas,  ansiedades, nuestro sentimiento de ir solos contra la marea, de forma de evitar los caminos de la evasión. Cada vez son más los desafíos que conlleva vivir en este mundo, entonces es importante pararse ante las distintas situaciones con herramientas válidas, que permitan un pensamiento crítico para lograr avanzar, sin que el miedo nos paralice.

domingo, 8 de julio de 2012

LO QUE MUCHO OCUPA TERMINA POR PREOCUPAR

En todos los órdenes de la vida esta frase de Nietzsche se convierte en realidad, y es así que situaciones que parecen insignificantes pronto incrementan su tamaño hasta que toman cierta entidad.

En nuestras familias, trabajos, en la sociedad, en la política, sucede exactamente lo mismo, lo que comienza a ocupar un lugar significativo termina por convertirse en un problema, en una preocupación.

Lo importante es no permitir que se produzca el efecto bola de nieve, es decir que lo que comienza siendo una nimiedad pronto se transforme en algo inminente.

Por eso dependerá del trabajo individual el no consentir que esto suceda, en la elaboración personal, en el compromiso para que las pequeñas preocupaciones no pasen a mayores, y he aquí lo cada uno puede aportar, pues la suma hace la diferencia.

Y es que muchas veces por un tema de comodidad, cuando las cosas se dificultan decimos mañana será un mejor día, pero “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”, quizás mañana sea tarde.

Es cuestión de cambiar la mentalidad, de pensar en que cuantos más problemas o dificultades logremos dilucidar o enfrentar, más sencillo será el camino que nos reste por transitar, lo único que hacen los obstáculos es enlentecer el rumbo.

Y quizás, conceder al espíritu el hábito de la duda y al corazón el de la esperanza, como sugiere Lichtenberg, sea parte del punto de partida para albergar menos preocupaciones y más soluciones.

Es común que en forma inconsciente lo que preocupa se vaya haciendo cada vez mayor, y sin darnos cuenta nos veamos atrapados en noches de insomnio, desvelos, o contracturas musculares que dejan nuestra espalda aniquilada.

Y no sólo nos preocupan cosas individuales puntuales, también forman parte de esta inquietud lo que le sucede a los demás, las cosas que nos circundan, lo que ocurre en el barrio, en el país, en nuestra América, en el mundo y en el Planeta.

Son pequeñas y grandes cosas que se van acumulando, dentro de esas preocupaciones que no logramos resolver, que nos inquietan, y producen problemas en nuestro estado de salud. Y es así que nos encontramos de pronto mirando un programa que sólo entretiene y no nos permite pensar, pues ya estamos saturados de problemas.

He aquí una explicación de por qué proliferan y abundan tantos programas de entretenimientos, que son criticados por falta de contenido, pero finalmente proporcionan a la gente ese “pan y circo” que es necesario para poder conciliar el sueño, o al menos irse a acostar con una sonrisa en el rostro.

Y no voy a entrar a debatir la programación televisiva, porque ese es otro problema, pero en cierto modo esas preocupaciones que se van acrecentando día a día, terminan por dejarnos estresados, en constante estado de ansiedad, y formando parte de la respuesta a por qué la gente busca determinados medios de escape o distracción.

Y dentro de lo que ocupa nuestros pensamientos, no deja de sorprendernos las cosas que ocurren diariamente en nuestro medio ambiente: sequías, calores agobiantes, fríos extremos, abundantes lluvias que terminan azotando a miles de personas, ocasionando sufrimiento y dolor. De este modo, algo que comienza siendo un episodio pequeño se convierte un gran problema, evidentemente no manejable por nosotros, aunque no del todo, pues los grandes sucesos medioambientales son consecuencia de los que vivimos aquí en la Tierra. Por lo tanto, todas las situaciones, por más fortuitas que parezcan, guardan alguna relación con cada uno de nosotros.

Evidentemente, estos acontecimientos preocupan al mundo entero, pues los desastres naturales afectan a miles de seres humanos, que han perdido seres queridos, hogares… y se encuentran desolados en medio del dolor y el sufrimiento. Es hora de tomar conciencia que los recursos naturales escasean, y que no podemos continuar incrementando la contaminación y la destrucción del planeta.

Quizás es hora de cada uno desde el lugar que ocupemos en esta sociedad, nos comprometamos día a día a mejorar o, al menos, mantener lo que nos ha costado tanto esfuerzo conseguir, es hora de que el hombre cambie, reflexione, ponga un enorme freno y piense en los que vendrán.

Y retomando el tema inicial, lo que mucho ocupa termina por preocupar es muy real, sólo que no somos conscientes de esta realidad, y finalmente nos vemos involucrados en serios problemas a los cuales le vemos muy poca salida, por no haber previsto una solución antes de permitir que la situación se nos escapara de las manos. Por eso, cuanto antes ataquemos lo que ocupa nuestros pensamientos, llegaremos más rápido a una solución o a una posible salida.

Aunque muchas veces lo que ocupa, preocupa y luego desespera, por eso Miguel de Unamuno nos aconseja: “Jamás desesperes aún estando en las más sombrías aflicciones, pues de las nubes negras cae agua limpia y fecundante”, sólo es cuestión de no darnos por vencidos, o sencillamente de no bajar los brazos.

Y es lógico que nos preocupe el porvenir, el mañana, pero no podemos permitir que estas situaciones que nos inquietan nos impidan vivir el presente, disfrutarlo, contemplarlo y cuestionarlo. Cuando se vive en el tiempo presente es posible cambiar de acuerdo a nuestras necesidades actuales, el vivirlo con intensidad nos permite vislumbrar soluciones coherentes y factibles.

La plenitud de la vida se logra cuando lo que nos preocupa nos permite transcurrir en el tiempo presente y no continuamente en el futuro.

Y si bien es natural encender un sistema de alarma antes que los acontecimientos sucedan, es necesario que se encienda en caso de peligro inminente, no antes.

Vivir preocupado es una alternativa peligrosa, que genera estrés, descontrol, negatividad, es decir puntos que restan en lugar de sumar. Si nos acostumbramos a vivir en continua situación de riesgo, entonces se suelen confundir las situaciones realmente importantes de las que no lo son y todo suele “relativizarse”.

La preocupación es normal y necesaria, mientras no produzca inmovilidad o estancamiento. Y en tal sentido, la perspectiva con la que enfrentemos la vida ha de ser clave, por eso debemos reaccionar ante la incertidumbre con vitalidad, dinamismo para procurar que día a día las cosas salgan mejor.

Finalmente, si a lo que empieza a ocupar un espacio no lo dejamos de lado, por el contrario nos cuestionamos: ¿qué, por qué, para qué, dónde, cuándo y cómo?, quizás al dar respuesta algunas de estas preguntas básicas, no sólo en el periodismo, sino en la vida misma, entonces será el primer gran paso para empezar a preocuparnos menos y actuar más en pro de soluciones. De esta forma, le daremos descanso a nuestro cerebro que cree que preocupándose antes de que los acontecimientos sucedan evitará algo, simplemente sólo nos quitará tiempo y energía vital.

martes, 3 de julio de 2012

ENTREVISTA A CRISTINA MORAN

Cristina Morán, conductora, locutora y actriz uruguaya, es una pionera en los medios de comunicación nacionales, una referente cultural que ha marcado y señalado un camino.



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Parte 2

Parte 3


Parte 4